Guardó silencio mientras su mayordomo empezaba a ordenar los asuntos.
Seph era especial pero no tanto como para percibir esas sensaciones. Y mucho menos para describirlas tan al detalle.
Decidió no ahondar más en el tema y empezó a listarle sus deberes para el próximo ciclo llameante. Muchas de las tareas simplemente trataban asuntos menores, por lo que dejaría que Seph delegase en gente de confianza, siempre bajo su nombre. El reparto nunca era un problema pues, a fin de cuentas, si de algo disponían los no-muertos era de tiempo suficiente. No necesitaban comer, no necesitaban dormir y tampoco sentían dolor físico. Él, como Señor suyo que era, les dejaba elegir en qué ocuparse. Ellos, a su vez, le correspondían con lealtad y trabajo a cambio de estar con sus seres queridos para siempre.
—¿Mi Señor? —preguntó Seph desde el otro lado de la mesa.
—¿Sí?
—El corazón de la montaña, mi Señor —dijo su mayordomo con tono repetitivo—. ¿Lo reactivamos?
—Sí, sí. —Asintió—. Los recursos nunca sobran.
—Mandaré una partida. Tendremos el viaducto funcionando antes de que amanezca.
—Bien. Que activen el Pozo de Aquil ya —añadió—. Prepárame una lista con todas las defunciones de Sínn desde que nos encerramos.
Seph escribía con rapidez y precisión. El hombre asentía mientras redactaba sus órdenes en el papiro y fruncía el ceño, siempre surcado por arrugas pálidas y profundas, cada vez que mojaba la pluma en el tintero. Dos papiros completos había necesitado para poner por escrito todas las necesidades que su pueblo requería.
Mientras Seph estampaba los sellos de lacre en ambos escritos para dar constancia de que eran sus palabras, y no de un invento, extrajo el pequeño cofre y lo colocó sobre la mesa con delicadeza. Sus laterales, de plata brillante en tiempos pasados, ahora solo dejaban algunos destellos diamantinos por debajo de la capa de suciedad. El cierre era de madera, simple, sin adornos, al igual que la cubierta y el fondo; sin duda, se trataba una pieza antigua armada con urgencia.
—Seph —dijo—, hay algo más de lo que quiero que te ocupes.
—Estaré encantado de servir, mi Señor —dijo Seph, mientras ultimaba uno de sus escritos.
—Ven, acércate —le ordenó, y Seph se levantó obediente de su silla para sentarse en una más cercana.
No sabía bien cómo abordar aquello después de tantos ciclos. Había llegado el momento. Un primer paso para su liberación, la primera piedra de un edificio que no sabía bien cómo construir.
Tomó aire lentamente y miró a los ojos de Seph, que se mantenían clavados en el cofre, como si intentara adivinar su contenido.
—Eres un hombre sabio, Seph —comenzó a decir—. Sin duda, de los más experimentados de toda la Gran Ciudad.
—Gracias, mi Señor.
—Espero que esa cualidad te ayude ahora.
—¿Mi Señor? —Seph lo miró curioso.
Abrió el cofre. Cientos y cientos de ciclos habían pasado ya. Sus manos se agarrotaron sujetando los laterales del pequeño baúl, su posesión más antigua, como si quisieran aferrarse a ella aun sabiendo que lo mejor era separar sus caminos de una vez por todas.
Observó el interior. Un saco de tela raída reposaba en el fondo, anudado con un cordel fino y deshilachado. En ese momento, una cascada de recuerdos empezó a aflorar en su mente, materiales, nítidos, vívidos y reales todos ellos. Imágenes que ni con el paso del tiempo se habrían podido perder en la memoria más volátil, ni siquiera aquellos matices que resultaran casi imperceptibles.
—Seph, quiero que lleves esto a Risha. —La expresión de su mayordomo se endureció al escuchar el nombre de la capitana. Extrajo la pequeña bolsa, cerró el cofre y la colocó sobre la tapa—. Tendrá que llevarlo con ella en el viaje que pretendo que haga. Es de vital importancia que solo ella sea su portadora y bajo ningún motivo debe caer en otras manos que no sean las que yo he elegido. ¿Entendido?
—Sí, mi Señor —dijo Seph con cierta confusión y, acto seguido, señaló el objeto—. ¿Puedo preguntar por su contenido?
—Ni puedes, ni debes —respondió—. Lo único que debes saber es que puede ser la clave de nuestra supervivencia. Risha debe armar un grupo de marineros competentes a sus órdenes y marchar cuanto antes.
—Partiendo del hecho de que quiera hacerlo… —reflexionó Seph en voz alta.
—Querrá —dijo—, pues esa es mi orden.
—En ese caso —continuó Seph, dubitativo—, ¿cuál será su objetivo? ¿Delta del Nig? ¿Punta Gar?
—Kisan. Necesitamos un cambio radical en nuestra estrategia de captación.
Kisan. Los llanos de Tan-Tadür, un apéndice del continente de Cestrain, otrora importante y respetado. Ahora, tierras de gente maldita, como sus no-muertos. Numerosos habían sido los eruditos que habían intentado llegar a una conclusión lógica del porqué de su desgracia; solo uno parecía interesado en seguir investigando.
Seph habría tragado saliva de poder hacerlo, como bien demostraba su silencio.
—Es importante que Risha lleve esto consigo y entre en contacto directo con ello —dijo, sujetando el objeto sobre la palma de su mano—. Directamente. Solo ella. A poder ser, que lo mantenga en secreto, aunque ambos sabemos que acabará confiando en alguien.
—Sí, mi Señor —asintió Seph preocupado—. Pero, ¿por qué Kisan?
Se levantó, sin soltar el objeto, y se acercó a la ventana hasta que los rayos anaranjados de Nosrum lo bañaron con su luz.
—Necesitamos nuevos adeptos, Seph —le explicó—. Cuanto antes. Nuestro pueblo también tiene un límite, como bien sabes.
—¿Y esas gentes podrán ayudarnos en nuestra causa?
Asintió.
No importaba, humano o Tan-Tadür. Lo imprescindible era incrementar el número de manos que pudieran estar preparadas para un conflicto que se antojaba inminente hasta para un simple no-muerto como Seph. Un conflicto que esperaba conocer gracias al viaje que estaba a punto de emprenderse. Risha era una parte imprescindible de su plan. Su pueblo dependería de lo que ella pudiera descubrir, estaba seguro.
—Risha… —comenzó a decir Seph—, ¿correrá peligro?
—Sí —respondió—. Todos los que embarquen. Pero no correrán menos peligro los que se quedan aquí, me temo. Los tiempos están cambiando y el viento atraviesa estas tierras cargado de incertidumbres.
Seph se levantó y caminó hasta situarse junto a él. A su mayordomo le permitía ciertas licencias después de tanto tiempo a su lado.
—¿Volverá? —preguntó.
A eso no podía responder con sinceridad. Era el Señor de los no-muertos, sí, pero seguía siendo un hombre de honor después de todo. Se giró hacia Seph y le miró a los ojos.
—Puedes irte, Seph —dijo, tendiéndole el pequeño saco de tela—. Tenemos mucho de lo que ocuparnos.
Y, sin más preguntas, Seph le lanzó una última mirada cariacontecida antes de marcharse.
Echó un último vistazo por la ventana antes de dirigirse al Pozo de Aquil, pues él también tenía responsabilidades que no podía eludir.
Al desprenderse de su reliquia, una sensación olvidada le insufló nuevas esperanzas.
Se sentía libre, aliviado.
Desde el primer día, desde el inicio de la nueva era, había sido el Señor de los no-muertos. E intentaría no dejar de serlo. Por su pueblo, por él… y por Ella.
Pues… ¡Ya estaría! Hasta aquí la introducción de Inggrim, La Sombra del Vórtice. Espero que os haya entretenido y que haya despertado en vosotros algo de interés. Muy pronto tendréis una actualización del estado de la publicación (ultimando detalles). ¡Un saludo!
Stewart David.
