INGGRIM: INTRODUCCIÓN – EL SEÑOR DE LOS NO-MUERTOS (PARTE 3/4)

Al instante, todos, salvo Phenneras, se levantaron de sus asientos y mostraron respeto una vez más antes de retirarse.

—Hemos perdido otro más —susurró el avejentado consejero.

—Lo sé —tuvo que sincerarse. Phenneras controlaba las flotas con relativa facilidad, pero raro era el ciclo púrpura en el que no perdían alguna que otra embarcación—. Necesito ver si la reliquia reacciona. Otra vez.

—No es una misión sencilla —admitió su consejero, cuya frente pareció tensarse. Tan solo él conocía el contenido del misterioso cofre que guardaba con tanto esmero desde el día en el que todo se desvaneció de golpe.

—Por eso va a encargarse Risha —dijo, comprendiendo el relampagueo surgido del extremo de los ojos de Phenneras.

—¿Está seguro, mi Señor? —preguntó el consejero que, con suma torpeza, dejó su asiento y apoyó una mano en el borde de la mesa—. ¿Lo ha pensado bien? El carácter de esa mujer la define, y también la condena. Cada vez tenemos menos recursos, no podemos arriesgarnos a perder otra nave.

—Es la mejor.

—Sin ningún género de dudas. —Phenneras le dio la razón—. Pero también es la más impulsiva de todos los marineros de los que disponemos. Y tenía entendido que usted le otorgó el beneplácito de la elección. Si mal no recuerdo, dejó de navegar hace bastante tiempo, por decisión propia.

—Así es.

—¿Y no sería más seguro otorgar esa misión a otro capitán? —preguntó Phenneras—. ¿Alguien más motivado y valiente?

Se giró para mirarle a la cara. Creía lo que decía y, en cierto modo, daba la razón al anciano pero otorgar la responsabilidad de navegar por el Mar Oscuro a alguien inexperto era mandarlo al descanso eterno. Quizá también lo era para Risha, la más experimentada capitana que había conocido. Y eso era decir mucho.

—Nadie tendrá valor para cruzar esas aguas —aseveró.

—Ni siquiera ella —repuso su consejero—. Ella tampoco lo haría de no ser porque…

—De no ser porque sigue teniendo sus propios objetivos —zanjó—. Y es eso lo que va a convencerla definitivamente.

Su consejero ladeó la cabeza y buscó el pequeño cofre con la mirada.

—Tranquilo, mi buen amigo —dijo—. Sé cuánto nos jugamos con esto. Pero tú más que nadie deberías saber que es un riesgo necesario. Ya viste de lo que es capaz esa energía.

Phenneras guardó silencio.

—No podrá con ella —continuó el Señor—. Y en caso de que su alma se corrompa, recuerda que puedo intervenir.

—Sí, ¿pero a qué precio? —Su consejero no se esforzaba por ocultar todas sus preocupaciones.

—Al que sea necesario —respondió al instante—. Phenneras, no es únicamente este cuerpo el que envejece. Mi alma se agota también. Mi juicio parece nublarse y creo saber por qué. Está volviendo. Lo siento en mi interior.

Phenneras fue a replicarle pero alzó una mano afilada y el consejero se mantuvo en silencio.

—No fallará. Confío en ella. Su corazón ya no late pero sus convicciones se mantienen intactas. Y me sirve con devoción.

—Como todos nosotros, mi Señor —reconoció Phenneras.

—En ese caso, no hay nada de qué preocuparse. —Con esas palabras, trataba de tranquilizar al anciano consejero—. Ya sabes cuál es tu misión.  —Phenneras asintió con energía—. Haz que entre —ordenó—. Y encárgate de los preparativos. El nuevo navío no tardará en estar listo, ahora que los no-muertos vuelven al trabajo.

—Así se hará, mi Señor —aceptó Phenneras—. Mantendré a salvo barco y tripulación hasta que atraviesen El Osario. Más allá… nos quedará la fe.

«Ojalá la fe pudiera contener lo que está por venir, querido amigo. Ojalá», pensó. Phenneras había sido un fiel devoto en vida. Por suerte para su pueblo, no había nada que temer después de la muerte. No necesitaban rezarle a nadie para preservar su seguridad.

El consejero salió despacio de la habitación tras hacer una pequeña reverencia. Caminaba con dificultad y demostraba estar en un estado deplorable, agravado por el encierro del último ciclo. ¿Por qué había sido tan extenso? Necesitaba certezas. Y estaba seguro de que todo tenía relación con El Vórtice: su energía se oscurecía con el paso del tiempo, y de su corazón emanaba la antigua impronta de aquel que se desvió de su destino.

Seph entró mostrando respeto tras llamar a la puerta con nudillos huesudos. Su mayordomo se encargaba del correcto funcionamiento de la ciudad, una tarea nada grata para ser llevada por un único individuo. Sin embargo, confiaba en él. Su carácter servicial y su lealtad máxima a la causa lo habían llevado a disponer de un puesto de confianza a su lado. Tanto era así que estaba a punto de revelarle su secreto mejor guardado… con reservas. Tampoco estaba tan loco como para poner en peligro inminente a los suyos de forma consciente. No del todo, no. Correría el riesgo con Risha y su gente, sabiendo que no enviaba a cualquiera hacia territorio hostil.

—Siéntate, por favor —le indicó.

Seph había sido un hombre de pocas palabras en vida y había conservado ese rasgo tras su vuelta. De piel blanca como la cal, la conservaba en su gran mayoría, y sus ojos, lechosos y alargados, parecían despiertos. El hombre había cargado con una pequeña bolsa de tela de la que empezó a extraer rollos de papiro, una pluma y un tintero. Los colocó con pulcritud sobre la mesa, los rollos alineados a un lado, la pluma y el tintero al otro. Seph cruzó las manos, con los codos apoyados sobre la mesa.

—Estoy a su disposición, mi Señor —dijo con voz aspirada—. Me he preocupado de traer más papiros de lo habitual, dado que este ciclo ha sido infinito.

—Así es —le dijo, asintiendo lentamente con la cabeza.

—Cincuenta y cinco días —añadió Seph—. De días nublados y largas noches de lluvia púrpura.

—¿Los has contado?

Su mayordomo asintió, entrelazando los dedos de las manos.

—Diecisiete días más que el anterior ciclo, mi Señor. Quizá sea el momento de replantearse la manera de medir el tiempo. —Seph guardó silencio un instante, como si buscara las palabras exactas para continuar—. Si sigue esta tendencia en los próximos ciclos, empezará a no tener sentido.

—Es una reflexión acertada —respondió el Señor—. Has tenido tiempo para llegar a ella, sin duda.

—Hay pocas cosas que hacer cuando Nosrum duerme. —Seph se acomodó—. Estudiar antiguos escritos. Tal vez, contemplar. Es imposible discernir el horizonte, incluso desde las torres más altas. Así que, sí, he tenido tiempo.

—Lo sé. —Las palabras de su mayordomo eran acertadas—. Es uno de los puntos que quiero tratar hoy contigo, más allá de las habituales responsabilidades de las que, con buen hacer, te sueles encargar.

—Yo también lo siento, mi Señor —dijo Seph, reflexivo—. Algo está mutando, en alguna parte. Mis huesos lo sienten. Es como si un frío intenso penetrase en mi interior pero, a la vez, es ciertamente cálido, una explosión.

(…)


La cuarta y última parte en una semana. ¡Y muy pronto (más de lo que puede parecer) noticias acerca de la publicación!

Stewart David.

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