Un fogonazo agitó las velas con un ruido sordo y las hizo danzar. Alleneor no tardó en aparecer.
—Recordadme que no deje hacer esto a vuestros sucesores —reflexionó en voz alta.
Alleneor apareció sentado en una de las sillas alrededor de la mesa con actitud divertida.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —le preguntó.
—No demasiado —respondió el consejero, cuya túnica granate había perdido todo su color—. Me jugaría un brazo a que he llegado prácticamente a la vez que mi hermano Phenneras, pero…
El no-muerto levantó lo que le quedaba de brazo derecho. Un intento de vendaje intentaba contener la podredumbre que emanaba de aquel muñón. Sin éxito, aparentemente.
—Quizá deberías replantearte tus funciones —dijo el Señor—. No te hacen bien. El día menos pensado vas a perder el otro brazo también.
Alleneor jugueteó con los dedos, golpeándose el muñón con ritmo. Después sonrió, mostrando el vacío de su boca desdentada.
—No me queda mucho —respondió—, así que correré el riesgo. Después de todo, es aburrido que no estalle nada. Le sorprendería ver lo divertido que es contemplar cómo un cuerpo se consume entre las llamas, mi Señor. Los vivos se quejan del olor, cosa que a mí no me desagrada.
—Traslada tus dependencias al sótano del Pináculo —anunció el Señor—. Los vivos tienen derecho a una vida plena hasta que les llegue el día. Así se lo prometí. —Alleneor asintió—. ¿Has convocado a los demás?
—Sí, mi Señor. A todos, menos al último, como ordenasteis.
—Está bien, esperaremos.
—Deberían llegar pronto —añadió Alleneor—. ¿Quiere mi Señor que les aplique un golpe de calor en alguna parte del cuerpo para, digamos, no sé, acelerar su llegada?
Ante tal comentario, tuvo que esbozar una media sonrisa y negar con la cabeza. Alleneor no había perdido su sentido del humor en más de… ¿cuántos ciclos llevaba ya junto a él? No despreciaba en absoluto el ambiente distendido después de los ciclos púrpura, donde todo el mundo se encerraba y no había prácticamente ningún contacto entre ellos.
—¿Tenemos alguna novedad sobre el asunto que nos compete? —preguntó a ambos consejeros.
—Nada —sentenció Phenneras, el más antiguo de los no-muertos, mientras caminaba despacio para sentarse junto a Alleneor—. Es posible que estemos viendo señales donde no las hay.
—El fuego tampoco me ha mostrado nada nuevo —añadió Alleneor.
—El destino está forjado, mis consejeros —dijo él, muy tranquilo—. Es nuestra única preocupación. Os ruego que no os disperséis.
—El Consejo teme al destino tanto como usted, mi Señor —respondió Phenneras con voz queda—. Pero, después de tanto tiempo, ¿no cree que pueda haberse convertido en una leyenda más que en una realidad? Seguimos aquí tras tanto tiempo que cuesta creer que el inicio de todo se acerque a su fin. Somos jóvenes.
Una carcajada resonó desde el otro lado de la puerta. Spik entró sin preguntar, seguido de Shollam y Máesit, los miembros más jóvenes del Consejo, si no tenía en cuenta a la nueva incorporación. Ambos parecían relucir entre el grupo de no-muertos, con la piel todavía viva, incluso rosada, a pesar de haber regresado algunos ciclos atrás. A Spik, mago de la escuela del rayo en su anterior vida, sí que se le iba notando más el deterioro. No quedaba rastro de cabello en su cabeza cadavérica, aunque conservaba todavía suficiente piel en la cara como para no mostrar las entrañas.
—Jóvenes —repitió socarrón.
—Todo depende de la perspectiva desde la que observes —replicó Phenneras, muy a su estilo, clavando los ojos en él—. Jamás había levantado la voz desde su regreso. Jamás.
—Haya paz —dijo el Señor, indicando a los recién llegados que tomaran asiento alrededor de la mesa—. Tenemos asuntos que atender.
—Siempre es un placer asistir al Consejo, mi Señor —dijo Shollam inclinando levemente la cabeza.
—Informad —exigió a sus consejeros, manteniéndose inmóvil.
—Los mares se han mostrado sorprendentemente tranquilos, mi Señor —comenzó a decir Shollam—. Ella parece seguir cumpliendo con su parte.
—No la nombraremos —ordenó al instante—. Mantendremos su participación en el más estricto secreto, como siempre hemos hecho.
—Sí, mi Señor. Ha sido una imprudencia —se excusó Shollam, que vaciló unos momentos antes de continuar—. Como decía, los mares no han mostrado comportamientos anómalos de ningún tipo. Nada más allá de las habituales tormentas en los alrededores del Vórtice.
—¿Intensidad? —quiso saber.
—Fuertes, como siempre. Lejos de ser algo preocupante.
Asintió. Los ciclos púrpura enfurecían al Vórtice. Un cosquilleó le recorrió la espalda erizándole el vello. Había pasado tanto tiempo que apenas recordaba. Y prefería no hacerlo. Ojalá pudiera olvidar todo lo ocurrido. Ojalá pudiera morir por fin y dejar que su alma descansase tranquila.
—¿Qué hay de los cielos, Spik?
—Calma tensa —respondió el consejero, rebulléndose en su asiento.
—¿Calma tensa? —repitió Alleneor con tono burlón—. ¿De verdad te ha parecido calma tensa lo que han demostrado los cielos durante este ciclo púrpura?
—Hemos tenido ciclos peores —argumentó Spik.
—Como el de la tormenta eterna —apuntó Máesit.
Alleneor lo fulminó con una mirada lechosa y lo apuntó con el muñón.
—Convendréis conmigo, al menos, que este ciclo ha sido evidentemente más extenso.
—Por supuesto que sí —respondió Spik—. Sin embargo, las fluctuaciones de los alrededores han sido más bien nulas. Así lo he sentido.
—Yo creo que en tu estado no sientes una mierda —le espetó Alleneor, divertido.
Todos se miraron y un instante de silencio después estallaron las carcajadas. Eso le gustaba. A él, como Señor de los no-muertos, le agradaba contemplar esas pequeñas discusiones desde fuera. Sentía que sus consejeros estaban más vivos que nunca, incluso los más ancianos.
—Tu muñón te da plenos poderes, Alleneor —dijo Spik—. Lo reconozco, rara vez puedo llevarte la contraria.
—Haz lo contrario y te daré una bofetada.
—Os rogaría seriedad, queridos amigos —les dijo a todos ellos, y los cinco guardaron silencio al instante e inclinaron la cabeza—. ¿Hay alguna noticia nueva que comentar del este, Alleneor?
El no-muerto negó con la cabeza.
—Todo está como siempre, mi Señor. Las profundidades siguen manteniendo silencio, como ordenaste.
—Bien. —Dirigió una mirada a Máesit—. ¿Y qué hay de los vivos?
—Aún no he podido averiguar nada —dijo el más joven allí presente—. Apenas he tenido tiempo de venir, mi Señor.
Su consejero tenía razón. Se giró hacia la ventana y se acercó al alféizar una vez más. Allí abajo, las filas de no-muertos empezaban a recorrer las calles como regueros de hormigas. La Gran Ciudad volvía a ponerse en marcha tras un ciclo púrpura definitivamente anómalo, por mucho que sus consejeros difiriesen en sus opiniones. Estaba claro que sus sospechas no eran infundadas. Necesitaba ganar tiempo para no tener que tomar decisiones drásticas para su pueblo y para aquellos que aún no lo eran.
—Encargaré un informe detallado a Seph —dijo, y desvió la mirada al pequeño cofre que reposaba bajo el alféizar de la ventana, en una especie de habitáculo oculto entre las piedras—. Quiero pedirle algo importante y necesito que viaje a Sínn cuanto antes. Puede valerse de los sabios de la ciudad para conocer mejor cómo está la situación.
—De acuerdo, mi Señor.
—Mientras —añadió—, ¿podrías encargarte de los suministros que necesiten? Quizá puedas viajar con Seph.
—Por supuesto, mi Señor —repitió Máesit, asintiendo con la cabeza.
Acto seguido, reparó en la mirada de Phenneras, perspicaz y astuta. A pesar de tener un rostro ya inexpresivo a causa de la decadencia física que lo acompañaba, sí podía intuir en él que había captado su mirada de soslayo. Después de todo, sus almas eran una.
—Bien —dijo, tras un silencio reflexivo—. Id a ocuparos de vuestros respectivos asuntos.
(…)
Y hasta aquí, la segunda parte. El viernes que viene tendréis la tercera, así que… ¡Pasaos por aquí!
Stewart David.
