Desplegó las alas y voló en círculos. Adra, la pequeña y dañina luna púrpura, caía por fin en su letargo, como una llama a punto de extinguirse, despidiéndose con un último rayo violáceo que iluminó el horizonte y alcanzó el suelo en algún lugar lejano.
«Otro ciclo despierta», pensó.
Conectó su mente con la del animal y este respondió con un fuerte aleteo. Ganó algo de altura y continuó con su trayectoria, simulando la búsqueda de una presa a la que atrapar.
Él podía salir durante los ciclos púrpura, de todas formas. Aun así, incluso siendo el Señor de los no-muertos, se recluía en la torre más alta de la Gran Ciudad como muestra de respeto hacia los que desde tiempos inmemoriales se habían convertido en su pueblo.
Los había traído de vuelta. Y ahora lo seguían; a él y a sus convicciones.
La densa lluvia empezaba a rendirse ante el calor renovador de la luna llameante. De nuevo, Nosrum ganaba la batalla a su hermana pequeña por el dominio de los cielos, devolviendo la paz y el sosiego a aquellas tierras devastadas. Las campanas tañían en la torre principal cuando su luz anaranjada empezaba a pintar el Macizo de Veggen, que se erigía tan colosal como un volcán de sangre en mitad de una sábana polvorienta.
La vista de una rapaz era incomparable a la de cualquier otro ser. Al menos, de entre todos los que había podido traer de vuelta. Su estructura ósea resistía mejor el ímpetu de las tormentas, otorgando una gran ventaja a aquellas aves por encima de todos los demás animales, permitiéndoles resistir lo que otros serían incapaces incluso durante los ciclos púrpura.
Nadie, salvo su Consejo, conocía esa habilidad suya para tomar el control de cuerpos no humanos. Las posibilidades que daban aquellas aves eran incontables. Observó allá donde los confines del mundo se ocultaban tras espesas nubes de arena oscura. Hacía bastante tiempo que la influencia de Adra perduraba en aquellas tierras, incluso cuando no era su momento.
Y eso era preocupante.
Algo estaba cambiando y creía saber qué era. Más de tres mil ciclos completos habían transcurrido ya. Y seguía vivo, sin saber por qué. Había renacido desde los infiernos.
El viento lo golpeó y lo hizo vacilar por un momento. Con destreza, se recompuso rápidamente y controló la acometida, ladeando el cuerpo, dejándose arrastrar por la corriente. Enseguida se estabilizó de nuevo. Después de tanto tiempo dentro de aquellos cuerpos frágiles y livianos, casi los sentía como una prolongación de su ser. No le resultaba nada complicado. Es más, se sentía libre, liberado de sus ataduras y de la inmensa cantidad de responsabilidades que recaían sobre sus hombros.
Más campanas empezaron a sonar, en las demás torres. Debía volver.
Recogió las alas y se lanzó en picado, sintiendo el viento en las pocas plumas de las que aún disponía.
El contorno de la Gran Ciudad empezó a perfilarse, con su característica forma de medialuna abrazando la parte más sombría de las montañas.
Siete afiladas torres se elevaban intentando tocar el cielo, con sus tejados en punta sobresaliendo por encima de los demás edificios. Un enorme viaducto aparecía de entre las montañas y atravesaba toda la ciudad, con sus delgados pilares abalanzándose como cuchillos hacia los edificios más pequeños, que se apilaban a ras de suelo luchando por encontrar un hueco en el que asentarse. La torre de la antigua catedral recibía con amabilidad los raíles que recorrían el nivel superior en línea recta, a punto de volver a su habitual ajetreo.
Nadie que no hubiera sido tocado por su mano podía contemplar la Gran Ciudad desde fuera, pues era su deber protegerla por encima de todas las cosas. A ella y a su gente.
La caída siempre era vertiginosa. Le gustaba esa sensación: sentir que todavía encontraba divertimento en una vida repleta de hastío.
Alcanzó la torre y la rodeó. La piedra ennegrecida con la que estaba construida intentaba desprenderse de los efectos de las últimas tormentas, como así demostraba el tenue goteo púrpura que se deslizaba por el muro exterior.
Encontró la ventana desde la que salía a volar y se posó en el alféizar. Su cuerpo de humano permanecía quieto, sentado en un sillón de orejas de cara al exterior, como siempre que tomaba la voluntad de otro ser. Su propio aspecto le resultaba complicado de contemplar, pues el paso del tiempo y sus incontables ciclos habían avejentado su rostro, cargándolo de arrugas, transformándolo en un vestigio de lo que una vez fue. Ese rictus inexpresivo, pálido y frío; esos ojos cansados, que parecían perdidos en un océano infinito; ese pelo canoso y lacio que nunca dejaba de crecer.
Era suficiente. Abandonó el cuerpo del halcón y retomó el suyo propio. Al instante recobró sus sentidos, débiles si se comparaban con los del animal no-muerto quien, tras un momento de zozobra y unos cuantos aleteos sin un propósito claro, buscó el exterior con la mirada y se lanzó al vacío.
—Cada vez me cuesta más sentir tu presencia —dijo, con la mirada perdida en las montañas.
El aire a su alrededor vibró.
—Me halaga, mi Señor —le respondió una voz aspirada.
Una corriente preternatural apareció de la nada, como un pequeño remolino que surgiese del suelo empedrado. La ráfaga de aire restalló en la sala, agitando sus cabellos con viveza, cuando la silueta de Phenneras se materializó a su lado. Se trataba del más antiguo de sus consejeros, aquel cuyo corazón en vida había latido al son del viento y las mareas.
—Tu presencia es tan bienvenida como necesaria, querido Phenneras.
—Ya son incontables ciclos a su servicio, mi Señor —reconoció, orgulloso—. Mis habilidades están a su entera disposición.
El no-muerto hizo un intento de reverencia. Sus ojos vacíos daban la razón al tiempo aunque, por suerte, una tela ónice cubría su maltrecha mandíbula. Su más fiel ayudante y consejero se protegía el cuerpo, ya prácticamente quebrado y esquelético, con una túnica también oscura.
—¿Probaste lo que te ordené?
—Sí, mi Señor. —Phenneras asintió despacio—. Unas bestias sin igual, aunque no me acostumbro a su fragilidad.
—Tu cuerpo también es frágil, amigo mío —le recordó, y Phenneras rio con una áspera carcajada.
—Al menos todavía se sostiene.
—Muy cierto.
El Señor rodeó el sillón con cuidado y observó a su alrededor. Allí se reunía con el Consejo al completo tras cada ciclo púrpura. Diversas filas de estanterías se erigían desde el suelo hasta el techo abovedado dividiendo la sala en tres zonas bien marcadas: dos pasillos laterales para acceder a la cara opuesta y una zona central muy amplia, en la que hacía acto de presencia una mesa rectangular con una lámpara de aceite en el centro rodeada de velas.
—¿Alguien más quiere demostrarme sus habilidades? —preguntó.
(…)
Y hasta aquí, la primera parte. El viernes que viene vendrá la segunda. ¡Estad atentos!
Stewart David.

Interesantísima la introducción.
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¡¡Gracias!! El viernes próximo la parte 2 🙂
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